Prólogo

El día se presentaba mal, ciertamente. Para empezar, porque era lunes y a nadie en su sano juicio le gustan los lunes. Y menos un lunes lluvioso y frío, con el cielo tan encapotado y gris que la luz parecía reblandecida al traspasar el cristal de la ventana. María no estaba especialmente receptiva tras las tres horas pérdidas en Netflix la noche anterior, el sueño le pesaba en los párpados y pasaba de mirar las rayitas amarillas que parecían componer un siete en su despertador. “Día de instituto” pensó. Podría ser peor, la verdad. Podría ser el primer día de curso de septiembre. Se desperezó en un gruñido, todavía con las sábanas pegadas, y miró al yeso del techo con resignación.

– Mmm… Me encanta esta vida, dame más.

Se sentó en el borde de la cama y se dejó iluminar la cara perezosamente por la pantalla del móvil. Max aún no le había contestado a lo de ayer, era bastante probable que se hubiera quedado frito viendo Netflix igual que ella. Miró de nuevo por la ventana para ver repiquetear las gotas con fuerza.

No, hoy no iba a ser un gran día, desde luego.

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